EL AMIGO IMAGINARIO
Sus padres estaban preocupados por el cambio, pero sabían que con el tiempo acabaría disfrutando de su nuevo hogar. Una vieja mansión que tenía un gran jardín, con un columpio, un tobogán e incluso una pequeña casita de madera en el árbol.
Los
días pasaban y el comportamiento de la niña cada día era más extraño,
casi no hablaba con sus padres y aprovechaba cualquier momento para
“refugiarse” en su casita del árbol. Los padres podían escucharla hablar
durante horas con su amiga Ana. Pero lo que más les preocupaba era que cada vez
conciliaba peor el sueño, hablaba dormida y parecía
sufrir pesadillas pues era habitual que entonara frases como “tengo frío”, “no
puedo ver” o “ayúdame”. Una noche la madre sintió pasos en el pasillo, asustada
avisó a su marido, quien salió a ver y se encontró a Casandra caminando sin rumbo,
la niña parecía sonámbula y, cuando su padre la llamó, se despertó totalmente
aturdida y sin saber qué hacía de pie fuera de su habitación.
Cada
vez las incursiones nocturnas de Casandra eran más atrevidas y se alejaba más
de su cuarto. Sus padres tenían miedo de que la niña saliera a la calle, sola y
por la noche. Así que decidieron llevarla a una clínica del sueño en la que
podrían “monitorear” sus hábitos de sueño para tratar su sonambulismo. Pero
tras pasar dos noches no se detectó nada extraño, de hecho en ambas ocasiones
Casandra durmió plácidamente toda la noche. El psicólogo tampoco ayudó mucho,
únicamente les confirmó lo que ellos ya sabían, que tenía una amiga imaginaria
que se llamaba Ana y que tenía su misma edad. El psicólogo le restó importancia
al hecho y les dijo que era relativamente frecuente , y más teniendo en cuenta
que la niña prácticamente no tenía amistades. Les recomendó que pasaran más
tiempo con ella y que trataran de relacionarla con más niños de su edad para
que Casandra fuera, poco a poco, olvidando a Ana y centrándose en sus amistades
reales.
Los
padres siguieron al pie de la letra las indicaciones del psicólogo, pasaban
cada vez más tiempo con ella y la dejaban poco tiempo libre para que fuera a
“charlar” con Ana en su casa del árbol. Pero eso no hizo más que empeorar su
ataque de sonambulismo, parecía como si el tiempo que ya no pasaba con su amiga
imaginaria por el día lo compensara por la noche. Sus sueños parecían cada vez
más vívidos y en un par de ocasiones el padre la encontró a punto de salir al
jardín. La niña cada vez parecía más agotada y con el cansancio acumulado era
como si cada noche perdiera más el control y pasara más tiempo sonámbula.
Una
noche el padre sintió como alguien bajaba la escalera, al ver a su hija en la
puerta de casa un frío le recorrió la espalda. Al contrario que en otras ocasiones, cuando llamó a
Casandra la niña pareció ignorarle y solamente le dedicó una mirada fugaz antes
de abrir la puerta y salir al jardín. Los ojos de su hija parecían otros, era
como si no la reconociera. Asustado, bajó las escaleras y salió corriendo
detrás de ella mientras la niña avanzaba en dirección a la casita del árbol;
cuando estaba a pocos metros del lugar, la niña se agachó mientras balbuceaba
algo que su padre no podía entender.
Casandra
comenzó a escavar el suelo con sus manos, su padre al llegar a su lado la
escuchó decir “tengo que salir”, “aquí hace mucho frío”. Su padre la abrazó y
sintió que su hija estaba congelada, era como si no respondiera y luchaba por
seguir cavando, sus pequeños dedos estaban ensangrentados por arañar la tierra
y golpearse con las piedras que había en el suelo. Se había roto un par de uñas
y aún así parecía no despertarse. El padre no sabía qué hacer mientras la niña
pataleaba y le pedía que la soltara y la dejaracontinuar.
De repente, como si se le encendiera una
luz en la cabeza, el padre dejó de llamarla por su nombre y la llamó “Ana”, en
ese momento la niña se giró y dejó de luchar mientras se le quedó mirando.
-
Ana, ¿eres tú?. – dijo el padre.
La
niña le miró fijamente con unos ojitos que imploraban que la ayudasen, un par
de segundos después se desmayó, al instante abrió nuevamente los ojos y esta
vez Casandra con su propio cuerpo miró asustada en todas direcciones como
intentando comprender dónde estaba y por qué le dolían tanto las manos. Su
padre la llevó dentro de casa, donde su madre se quedó limpiando sus heridas,
el daño no era tanto como parecía en la oscuridad de la noche, pero el padre
sabía que tenía un asunto pendiente en el jardín, así que mientras su hija se
reponía con su mujer, bajó con una linterna y una pala.
Al
llegar al mismo lugar donde Casandra había escavado, volvió a sentir un
escalofrío. Pero no era momento de tener miedo, empezaba a intuir el motivo por
el que su hija no podía descansar por las noches y quería acabar de una vez por
todas con el problema. Clavó una y otras vez la pala, hasta que pudo ver algo
que le llamó la atención. Una pequeña manita huesuda apareció bajo la tierra.
Era tan pequeña como la de su hija y al verla sintió una tristeza tan profunda
que se puso a llorar. El padre entre llantos entró a su casa y le pidió a su
mujer que no saliera al jardín bajo ningún concepto mientras él realizaba una
llamada.
Menos
de veinte minutos después un coche de policía y un forense llegaron para
levantar el cadáver de una niña de unos seis años. Investigaciones posteriores
demostraron que se trataba de Ana, una niña que había desaparecido hace un par
de años en uno de los pueblos cercanos. La niña al parecer había sido
asesinada, pues su cadáver mostraba signos de violencia. El anterior
propietario de la casa la había enterrado en su jardín, sabiendo que nadie
podría investigar en una propiedad privada sin una orden judicial.
Ana
nunca más se comunicó con Casandra; parece que, al desvelarse su asesinato y
detenerse a su asesino, por fin pudo descansar. Pero Casandra siempre guardaría
el escalofriante recuerdo de cuando hablaba con un espíritu que no podía
descansar.
