EL CANTO DE
LA MUJER PEZ
Los
cuentos y cantos de sirena se suceden casi día a día, pero en enero de 2001 el
rumor fue más allá y se hizo noticia. El diario Extra anunciaba que habían
atrapado una sirena viva en el Titicaca. “Era época de lluvias –rescata Max
Tancara, quien rastreó al misterioso ser por medio lago–. Llovía día y noche y
todos trataban de buscar una explicación al hecho. Hasta que las vendedoras de
pescado lanzaron su respuesta: dicen que han atrapado una sirena,joven”.Y el
Extra puso en marcha una de las investigaciones más extrañas de su
vida“Recorrimos varias poblaciones del Titicaca –prosigue Max–. Algunos no
sabían nada y otros nos iban dando pistas. Así hasta que llegamos a Santa Rosa
de Taraco. Allá todo era silencio,nadie nos quería hablar.Pero en las casas que
casi se metían en el lago encontramos lo que buscábamos. Según sus pobladores,
uno de los vecinos, Macario Apaza, había encontrado la imagen de una sirena
esculpida en piedra y fue a venderla a la Argentina. Para muchos en el pueblo
esa fue la causa del desfase que atrajo inundaciones hacia el altiplano”.En La
Paz fue tal el revuelo que se agotaron los ejemplares del Extra, en los
minibuses se vendían las fotocopias a Bs. 1 y varios periódicos y semanarios le
daban columnas a este suceso. Y las semanas siguientes a la primera
publicación, el 29 de enero, las historias de sirenas llenaban con sus cantos
los corrillos de mercado, las aceras y las tiendas de barrio.Todas tenían
similares mimbres: atrapaban a la sirena, ella rogaba que no la sacaran de su
lugar de origen y amenazaba con tormentas nunca vistas si no lo hacían. En
algunos casos se hablaba de la red de unos pescadores de Tiquina en la que se
había enganchado el ser mitológico y donde había muerto; otros decían que se la
habían llevado a Puno; y algunos que medía entre 20 y 40 centímetros. Mientras
la lluvia era tan intensa que ya afectaba a nueve comunidades de la zona y
había arrasado con tierras, casas y cultivos cerca de ViachaY fue entonces que
la atención se desvío para otro lado, hacia el puerto de Guaqui. La pintora
Marta Cajías, una enamorada de estas ninfas, lo recuerda aún emocionada. “A mí
me lo contó una comadre de Puerto Acosta. Me aseguró que la había visto. ‘Es
rosadita y con muchos senos’, decía. Según ella, los militares del regimiento
de la naval la metieron en una tina de cemento mientras les increpaba en
aymara.Los soldados cobraban por dejarla ver, como atracción de feria, y muchos
pobladores cuentan haberla espiado de las lomas
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